martes, 29 de noviembre de 2016

"EL PUENTE DE LAURA" I


"EL PUENTE DE LAURA"
I - "Mi encuentro con Laura"


"MI ENCUENTRO CON LAURA"

Atravesaba uno de los momentos más duros de mi vida. Mi madre estaba ingresada en el hospital, en coma.

En coma¡¡¡. No me lo podía creer, jamás habría imaginado que eso podía pasarle a alguien tan cercano a mi.  Hasta ese momento, pensaba que eso sólo ocurría en las películas, qué equivocada estaba.

Llevaba días, ya semanas. Y día tras día por la mañana iba a verla a la UCI, la media hora permitida, con la esperanza de ver avances desde el día anterior y dispuesta a hacer en media hora algo con mis manos, masajes, digitopuntura y Reiki, según lo que sentía que pudiera ayudarla.

Me castigaba pensando porqué habiendo ayudado hasta el momento a tantos seres vivos, me veía tan incapaz de hacer nada por ella.

Llegué a desconfiar de mi, a perder la Fe, la confianza en mi misma. Dejé de creer, estaba enfadada, hundida. No entendía nada de lo que en ese momento me estaba pasando.

Necesitaba verla despertar, que me mirase, que me hablase, pero estaba allí, sobre la cama, sin moverse, rodeada de todos los aparatos necesarios para poder sobrevivir.

Su postura era cómoda, se había cansado de estar aquí, había decidido desocuparse de lo que había convertido en  sus problemas, ya que no veía como poder solucionarlos y la mejor salida que encontró fue esa.

Una mañana más me dirigía al hospital, cuando antes de llegar tuve un accidente de tráfico.

Al momento noté un gran dolor en la espalda. Se arreglaron los papeles del accidente de una forma rápida, había prisa, tan sólo quedaban cinco minutos para poder entrar a verla y cinco minutos más junto a ella no tenían precio.

Llegué a la visita y la disfrute al máximo, como todos los días. 

En todas mis visitas hablaba con ella, la contaba, la acariciaba, masajeba, besaba, bromeaba, la demostraba que estaba esperándola, ahí, dispuesta a luchar junto a ella para poner su cuerpo en marcha,  en el momento que decidiera de nuevo regresar a hacerse cargo de él.
A su lado estaban prohibidas las lágrimas y los lamentos.

Aún así, la inseguridad y los miedos, retumbaban diariamente en mi cabeza, convirtiéndose en una lucha constante.

Al finalizar la visita, mi espalda se resentía aún más. El tiempo trascurrido desde el accidente había hecho que la zona se enfriase y el dolor empezaba a ser insoportable. 

Decidí ir al hospital y tendría que ser otro, pues aquel era privado y yo no podía hacer que allí me trataran.

Solicité a quien me acompañaba que me acercara a un Hospital público. Cerca de donde estábamos había dos hospitales, no tardaríamos mucho.

Cuando me quise dar cuenta, estábamos en mitad de un atasco, aguantando el tráfico de la gran ciudad, salidas de oficinas y de colegios... no llegaríamos nunca. Mi espalda me dolía pero mi mal humor iba a más. No entendía aquella gran vuelta y el tiempo que estábamos tardando en llegar. 
Si había decidido ir al hospital a que me mirasen era porque el dolor me estaba preocupando, me aterraba pensar en agujas y pruebas.  Ya estaba tomada la decisión. Pero... por qué tanta vuelta? Habíamos pasado ya varios hospitales .

Por fin llegamos a uno cercano a mi domicilio de niña. Un hospital  con recuerdos para mi.

Entré en urgencias... estaba lleno, no había sitio casi ni para estar de pie. Me extrañó que allí estuvieran pacientes y acompañantes, pensé que la espera iba a ser larga y quizás mal llevadera. 

Acababa de entrar y ya estaba determinando como iban a ser las horas que me esperaban. Ya daba igual haber tardado tanto hasta llegar hasta allí, sólo estaba deseando que me atendieran y salir. 

De repente un guardia de seguridad entró en aquella sala y ordenó a todos los acompañantes esperar fuera del hospital. Sentí un gran alivio por la carga y el ruido que allí había. Estaba segura de que la espera me iba a ser desde ese momento más llevadera, aunque a decir verdad, jamás pensé que tanto.

Al mismo tiempo que vi como salía la gente, se fue abriendo hueco y allí apareció ella. 

Una mujer, bajita, tal vez igual de baja que yo, pelo blanco, ropa sencilla, de unos ¿setenta?, exactamente no sé la edad que podía tener, difícil de determinar. De esas personas que sabes que son mayores pero a la vez atemporales. Daba la sensación de haber nacido así y permanecer de ese modo durante siglos. Su cara... la cara con más paz y luz que he visto en mi vida.... 

Mientras la miraba se dirigía hacia mi y a menos de un metro, me preguntó: ¿De dónde vienes?.

En ese momento no me extrañó la pregunta, aunque hubiera sido más lógico que me preguntara qué me pasaba.

Sin cuestionarlo la respondí que venía de ver a mi madre y mientras la decía que estaba en otro hospital en coma, nos sentábamos en ambas sillas a hablar, quizás la conversación que mejor recuerdo de mi vida...

......






1 comentario:

  1. Bonito relato, engacha su sencillez.Algo inesperado sucede y te ocupas...el ser humano vistiendo trajes diferentes en su vida...esperando el siguiente relato.Me quedé con ganas de seguir leyendo

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